Destaca de entre todo el patrimonio de Taravilla la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de estructura medieval pero muy modificada a lo largo de los siglos. Tanto es así que hoy en día no presenta prácticamente ningún vestigio de su origen medieval, pues aunque en 1764 el gran escultor Miguel Herber realizó su magnífico retablo barroco, la cabecera de la iglesia se hundió en 1945, quedando sólo pequeños fragmentos aprovechados hoy. Por otra parte, en las márgenes del río Cabrillas podemos admirar los restos de la llamada Torre de doña Blanca.

Y es que es su entorno natural el patrimonio más valioso de Taravilla. Así, son muy interesantes los paisajes que por todo el término se encuentran, especialmente los formados por las márgenes y cursos de los ríos Tajo y Cabrillas, que conforman en ocasiones estrechas y espectaculares gargantas en las que la densidad del pinar se combina con lo enriscado de sus montañas. Pero sin duda el más conocido por todos es la Laguna de Taravilla. Ésta es conocida por los senderistas de todo el país y, sin duda, destino ineludible para todos los amantes de la naturaleza que se acercan al alto Tajo año tras año para disfrutar de sus inabarcables tesoros.
Si atendemos al origen histórico de Taravilla, vemos como fue poblada desde tiempos muy antiguos. Así lo indican, asentamientos celtíberos que se repartidos por toda la zona, en los que posteriormente se establecieron asentamientos romanos. Tiempo después toda la zona permaneció largo tiempo bajo la dominación musulmana. De esta época data la historia que cuenta que en la ocasión de la invasión de España por los árabes, el último de los jerarcas visigodos, el Conde don Julián, se refugió en estos contornos, en un lugar que aún los naturales llaman «el castillo de don Julián» o la «muela del Conde», situado en altivo y casi inaccesible promontorio donde el río Cabrillas va a desembocar en el Tajo.

El hecho es que en ese enclave se ven todavía algunas ruinas, al parecer de un castro luego usado como atalaya vigía medieval, con estrecha entrada y restos de armas y otros pertrechos militares. Aún cuentan que allí estuvo la mujer del Conde, doña Frandida o Farandina, y que una hija de ambos, llamada Florinda, arrojó al fondo de la laguna de Taravilla una gran cantidad de tesoros para que no fuera aprovechados por los invasores moros. Una de las peñas que rodean a la laguna es llamada «la muela de Utiel» y también la hacen sede de otro castillo. Otros dicen que este pueblo fue tan importante en tiempos de los visigodos, que servía de lugar de descanso a los obispos de Segóbriga y de Ercávica. Incluso cuentan que la razón de que doña Blanca tuviera tanta preferencia por este lugar, se debe a que en su corte o palacio alcanzó alta gracia un Mingo Sabido natural de Taravilla.

A finales del siglo X y primeros del XI, los sucesivos monarcas cristianos dieron un nuevo impulso a la conquista de los territorios musulmanes. En la provincia de Guadalajara son los Reyes de Castilla quienes llevaron el mayor peso de la guerra. También se sabe que la señora doña Blanca tuvo gran cariño a este enclave, localizando en él un bosque dedicado a la caza y en su interior una casa-palacio donde residía algunas temporadas. Por ello, a su muerte dejó prácticamente el término entero como dehesa comunal para el Concejo.


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