A José Luis Sampedro le marcó cuando de niño vio entarimado el río Tajo junto a los jardines del Palacio Real de Aranjuez, donde acostumbraba a bañarse con sus amigos. Se quedó atónito. Pero lo que más le sorprendió de la llegada de la maderada fueron los hombres que la conducían, que se movían con toda naturalidad, como zapateros, sobre la superficie del agua.
Trató con ellos, los definió como “naturaleza en estado puro” y les identificó como “los seres humanos más íntegros que jamás ha conocido”.
Integridad y dignidad serán una constante en esta historia.
Algunos años después, ya reciclados gancheros y olvidadas las maderadas, Sampedro decidió escribir una novela protagonizada por aquellos “pastores del bosque flotante” que bajaban de la sierra en pleno invierno guiando los troncos. “Compré todos los mapas a escala 1: 50.000 de la zona recorrida por el Tajo, los calqué en papel vegetal y los enganché unos con otros. El resultado: ¡8 metros y pico de mapa! Algo así como un papiro inmenso, que llevaba enrollado en mi mochila cuando recorrí las tierras del Alto Tajo. Fue de este modo, mochila en ristre y siempre con mis mapas a cuestas, que pasé varios veranos por aquella zona, hablando con la gente, percibiendo con mis propios ojos aquel paisaje.“

La imagen: España en posguerra y un Don Quijote tranquilo con apariencia de funcionario de Hacienda o maestro de escuela paseándose por los olvidados pueblos del Alto Tajo: Años de “Pan y navaja” como el escritor hubiera titulado “El río que nos lleva” de no ser por los consejos de su editor.
Sin darse cuenta lleg ó a asimilar por completo aquel paisaje y el carácter generoso y noble de los serranos. Encontró “los ecos de la memoria de los gancheros, unos hombres rudos, abiertos, producto de la España de las primeras décadas del siglo XX” y lo plasmó en una novela que habla de hombres rotos, de la vida, de la dignidad humana. Ambientada en el primer año después de la Derrota, José Luis Sampedro describe con su prosa precisa un sorprendente y desconocido escenario: “El Alto Tajo no es una suave corriente entre colinas, sino un río bravo que se ha labrado a la fuerza un desfiladero en la roca viva de la alta meseta. Y todavía corre infatigable la dura peña saltando en cascada de un escalón a otro (…). Sí, el esfuerzo del río continúa: lo demuestra el aspecto caótico de obra a medio hacer, con los desplomes de tierra al pie de los acantilados, las enormes peñas rodadas desde lo alto hasta en medio del cauce, la rabia de las aguas y su espumajeo constante. El río bravo sigue adelante, prefiriendo la soledad entre sus tremendos murallones, aislado de la altiplanicie cultivada y de sus gentes, para que nadie venga a dominarle con puentes o presas, con utilidades o aprovechamientos. (…) Apenas los pastores y los trajinantes se le acercan por necesidad. Sólo los gancheros se atreven a convivir con él, y aun así parece encabritarse para sacudirse los palos de sus lomos y enfurecerse más aún contra los pastores del bosque flotante...” (El río que nos lleva. Sampedro, José Luis. Ed. Aguilar.1961)

La novela pasó sorprendentemente desapercibida para la censura franquista que más tarde prohibió su versión radiofónica y fue llevada al cine –rodada en los mismos escenarios del Alto Tajo- por Antonio del Real en 1988.

Los ecos de aquellos gancheros renacen hoy en el Parque Natural del Alto Tajo Sus gentes desean convivir con la naturaleza de una manera sostenible con los mismos bríos con que aquellos hombres que, en épocas más sombrías donde lo natural y prioritario era la supervivencia del ser humano,- extraían a los pinares su mejor materia para malvivir en el río que nos lleva.

Hoy más que nunca, los ríos son la vida.

 

Asociación de Municipios Gancheros del Alto Tajo 2006
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