La maderada era el trabajo que consistía en transportar la madera a través del río desde los bosques, donde los árboles eran cortados, hasta la zona en que ésta sería transformada. Podemos considerar este método como el más natural, ya que se emplea la propia fuerza de la naturaleza que nos ofrece la corriente del río. De esta forma el gasto de energía y el impacto en el entorno natural se reduce al mínimo. Pero en este camino, para ser transportada toda la madera a lo largo de kilómetros y kilómetros de caudales, era imprescindible la valiente y diestra mano de obra de un oficio arriesgado y poco conocido: el oficio de ganchero.

A la dureza que ya de por sí entrañaba la labor del ganchero, hemos de añadir la dificultad que implicaba realizar dicha labor en el Alto Tajo. Ello es debido a la peculiaridad de los ríos de esta comarca: son ríos de estiaje, con un caudal irregular y numerosos cambios de nivel por lo que no son buenos para el transporte de las maderadas. Además, los ríos del Alto Tajo son caudalosos en muy pequeños periodos de tiempo, que generalmente coincide con las lluvias de la primavera y la bajada de las aguas del deshielo procedente de las montañas, que también se producen en primavera. Así, al final del invierno, arrancaba la maderada, recorriendo primero los afluentes de los ríos principales: Guadiela, Ablanquejo, Hoz Seca, Gallo. Por delante quedan pues pocos meses: marzo, abril y un poco de mayo, durante los que hay que hacer las labores del gancheo.

Sin duda alguna, el trabajo del ganchero suponía una auténtica demostración de equilibrio, riesgo y esfuerzo sin igual. En su primera fase, los pinos cortados y descortezados eran transportados hasta los embarcaderos, junto al río, en carros y tiros de bueyes o mulas. Era entonces cuando se amontonaban en entandes o peañas para que los troncos desprendieran todos los jugos y resinas, posibilitando que flotaran posteriormente con mayor facilidad.

Para hacer deslizar cada uno de los troncos apilados hasta el agua, se colocaban dos maderos formando un plano inclinado, de modo que tuvieran uno de sus extremos en el agua y el otro en una cambra. Los gancheros hacían rodar las maderas con una facilidad verdaderamente inaudita. Además, el curioso grupo de estrategas armados con su gancho, se ponía en funcionamiento bajo una rigurosa organización.

Así, el trabajo en las maderadas era una perfecta simbiosis de una jerarquía magníficamente organizada con unos óptimos resultados en la mano de obra. Un perfecto mecanismo de relojería formado por unos incansables trabajadores que dejaban diariamente el sudor y, en ocasiones, su vida.
Según cuenta el historiador Navarro Reverter, “Aquellos hombres, reunidos temporalmente sin más vínculo que el trabajo, sin más lazo que la obediencia dentro del deber, realizan el ideal de una sociedad libre bien organizada”.

Destaca también la organización de las maderadas y su división en compañías, cada cuatro o cinco de ellas bajo el mando de un mayoral. A la cabeza de todos ellos, el conductor o maestro de río solía ser el mismo contratista de la conducción. Funcionamiento de la delantera, el centro y la zaga para hacer que todos los troncos salven cuantos obstáculos puedan encontrarse a lo largo del caudal del río.

Dicha labor tiene que tener primero un ‘juego’ para sacar la madera. Es decir, el perchero tiene que jugar, y tiene que tener una cierta velocidad. Si no tiene velocidad y el agua está estancada, él con la percha no mueve. Él con la percha guía. La percha es una guía como se utiliza por ejemplo para guiarse en la Albufera. Si es muy estrecho el cauce pocos troncos puede llevar, sólo 2 o 3. Por otra parte, si quiere llevar almadías formadas y trenzadas de muchos troncos necesita ríos de cauces anchos y con caudales importantes.

Si queremos conocer el recorrido que realizaban los gancheros a lo largo del Alto Tajo, nos resulta muy útil el testimonio del abogado Don José Torres Mena, que data del siglo XIX. Según cuenta Torres Mena que fue diputado en el año 1.878 “Para las conducciones por el Tajo, los principales embarcaderos estaban en la dehesa de Belvalle en el término de Beteta, (Cerca del Puente del Martinete) y en otro paraje del término de Peralejos de las Truchas junto al molino, (Antiguo Aserradero) y la época ordinaria de los embarques es a fin de marzo. A las tres leguas de curso se tropieza con el primer paso difícil, en el sitio llamado la Herrería del dicho Peralejos, donde después de las precauciones necesarias se consigue salvarlo con retraso de tres a cuatro días, para tropezar enseguida, tres leguas más bajo, con el verdadero peligro en el Salto de Poveda. Después de diez, doce o más días de afanes en este punto, se construye un canal de gran pendiente de dieziséis a veinte varas de largo, con el sacrificio a veces de algún operario. Con dificultades, aún cuando no de tanta monta, se tropieza sucesivamente las llamadas ruderas, lechos muy pedregosos de San Pedro, Garabatea y Pelayo, en el puente llamado de Taguenza y en la presa de Armallones, hasta llegar al sitio de la Tornillera, en el termino de Ocentejo”.

En cuanto a la extracción social de los gancheros, estos “pastores del bosque flotante”, como los denomina el escritor José Luis Sampedro, eran por lo general gente de origen rural y humilde que necesitaba ganarse un jornal por muy arriesgado que fuese el oficio.
Los gancheros recibían este nombre de su única herramienta, especialmente diseñada para su actividad: una larga pértiga de dos o tres metros generalmente de madera de avellano, con punta de lanza y un saliente curvo, como una garra de hierro acerado. Pero lo fundamental para ser ganchero, además de una gran pericia en el manejo del gancho era el arrojo y el sentido del equilibrio.

Navarro Reverter en su libro “La madera del Turia” del año 1869, nos describe a los gancheros de esta manera:
“Rudo hijo de la serranía de Cuenca, del Alto Tajo […] es por punto general el ganchero fuerte, robusto, bronceado, enjuto y tan insensible como la materia que su gancho guía.
Parco hasta el exceso en el vestir, parece que solo lleva sus anchos calzones para burlarse de las inclemencias del invierno. Ocúpase en las faenas del campo mientras llega la época de la maderada, y cambia entonces la reja del arado por una percha diestramente manejada.

Sobrio en la comida como parco en el estilo, apenas gasta el contratista dos reales diarios por su frugal manutención. Semejante a las aves emigratorias, aparece una vez cada año en las orillas del río, retirándose después con el escaso fruto de sus ahorros a vegetar en el patrio suelo.

Tal es, -a grandes rasgos trazada- la breve monografía de ese valeroso soldado forestal, que por la mísera cantidad de veinte cuartos diarios emprende durante los hielos invernales una vida nómada, casi salvaje, y tiene para descansar de su incesante trabajo la cama en el duro suelo, a la intemperie, entre nieves y lobos, y gracias si las leñas de las riberas del río pueden dar alguna vez calor a sus ateridos miembros, pueden secar sus húmedos vestidos”.

Pero no hemos de olvidar que la maderada no sólo consistía en el gancheo, sino que comprendía otras muchas tareas que ya hemos mencionado y ahora explicaremos brevemente.

  • El apeo se efectúa en los menguantes de luna de diciembre, enero y febrero, que es cuando la savia está sin mover y, como dicen los carpinteros, retrocede hasta las raíces a causa de la frialdad de la atmósfera; es entonces cuando el árbol está más sano y dispuesto a enjugarse después de cortado.
  • La corta se efectúa con hacha, a raíz de arranque de árbol, aunque más tarde se introdujo la modalidad de corta con sierra.
  • El descortezado se hacía en la primavera, para no perjudicar la albura o madera exterior. Una vez que el árbol estaba descortezado y desramado se apilaba en los llamados tinglados, establecidos cerca de los puntos de la saca.
  • La saca se efectúa cuando las condiciones en el monte lo permiten, variable según los montes, pero en general en verano, haciéndose la primera saca por medio de arrastre a sangre e incluso a hombro. Así, una vez apilada la madera a la salida del monte, el transporte a los embarcaderos se efectuaba en carros y tiros de bueyes o mulas.

Además, no menos importante en todo este proceso colectivo era la labor de logística y de avituallamiento de los gancheros. Para ello, como centro vital de la conducción, existía la ‘tienda’. Allí se disponía de los elementos esenciales para la manutención de esta tropa, aceite, vino, pan, bacalao etc. Los arrieros se ocupaban del suministro, a cada persona se le proporcionaba por día: 3 libras de pan, 2 onzas de aceite, y 1 litro de vino. La entrega se hacía todos los domingos, menos el día del Corpus, único día festivo, no trabajado.

Estas especies se daban al cuadrillero diariamente. En la tienda comían juntos, el encargado del río y el primer Maestro de río. Estas comidas eran reuniones de Estado Mayor, donde se discutían y planeaban los trabajos del río. Así, junto al agua caminaba el ganchero; y por delante, por los caminos, lo más cerca posible del río, la tienda, las mulas cargadas con todo lo necesario para el sostenimiento de la colla: los rancheros que preparaban la comida dos veces al día, y los roperos, encargados de llevar mudas y chaquetas de recambio para los hombres que trabajaban en el agua. En estos grupos auxiliares se integraban jóvenes, a veces niños todavía, que accedían tempranamente al mundo laboral en el aprendizaje de tan comprometido y duro oficio.

Pero a pesar de la dureza del trabajo, la maderada también propiciaba buenos momentos. Y es que su paso por los distintos pueblos congregaba a numerosos curiosos que desde los pretiles asistían al pintoresco espectáculo.

En éste los protagonistas principales, los gancheros, no eran ajenos a la expectación que suscitaban y exhibían con orgullo su pericia. La panorámica que ofrecían era impresionante: la multitud de operarios -gancheros, mayorales, mozos de mulas y peones- siempre en movimiento, clavando unos los ganchos, reuniendo las piezas otros, éstos guiando las mulas, aquellos componiendo caminos y trabajando todos desde la salida del sol hasta el crepúsculo, daban al cuadro vida y animación inusitadas, creando en conjunto una coreografía realmente espectacular.


Asociación de Municipios Gancheros del Alto Tajo 2006
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